Tantos dioses pequeños con actitudes pequeñas a lo largo de la historia que se mostraron lejanos, distantes, inalcanzables.
Y entonces Jesús, que decide despojarse de su condición y bajarse al barro. Mudarse a nuestro vecindario y amarnos perpetua e incondicionalmente.
La figura gravitante de la historia de la humanidad, el Dios que decide acercarse y comprender de primera mano el dolor, el sufrimiento, la soledad, la traición.
Se convierte en el Dios siervo, alguien que puede comprender exactamente nuestras necesidades porque por propia decisión las sufrió en vivo y en directo.
La encarnación de Jesús es el acto de amor mas representativo de la esencia de ese Dios gigante, lleno de gracia, que culminaría en la cruz.
La expresión máxima del amor es dar, y el decidió darse a si mismo para cobijarnos en un solo abrazo a todos y a cada uno.