2 Timoteo 1:7

«Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio.»

La vida con Jesús debe estar plagada de aventuras. Si decidimos seguir al maestro y pretendemos ser como él, no tendremos una vida aburrida, previsible o rutinaria. Si te gusta la acción, ser cristiano es la mejor opción. Si te gusta la aventura, te encaminarás en una jornada en la que atravesarás las circunstancias más insospechadas y al mismo tiempo desafiantes que cualquier persona pudiera experimentar.

Si Jesús, que es nuestro espejo e inspiración, vivió una vida de desafíos y aventuras, nosotros deberíamos reflejar ese mismo estilo de vida.

Nadie ha sido más arriesgado y valiente que Jesús. Desafió a los líderes religiosos más poderosos de su tiempo sin temor a ofenderlos.  En muchas ocasiones puso en riesgo su reputación, compartiendo tiempo y comidas con pecadores, estafadores y prostitutas que fueron impactados y desafiados a comenzar una nueva vida después de encontrarse con él. Confrontó las costumbres sociales de su época al tocar a los leprosos para devolverles su dignidad. Defendió a las personas que otros rechazaban. Abrazó a aquellos que nadie amaba. No encontramos absolutamente ningún signo de pasividad en Jesús, más bien su vida estaba llena de intencionalidad.

Vivimos en medio de una cultura que todo el tiempo trata de domesticarnos, apagarnos, robarnos la capacidad de pensar por nosotros mismos y hacernos parte de la gran manada que deambula sin propósito definido por este mundo.

Vas a tener que rebelarte. Vas a necesitar ser valiente una y otra vez para no amoldarte a lo establecido, para no vivir una vida cómoda, para atreverte a vivir diferente, para negarte a ir a lo seguro, a lo que no demande mucho de ti. Pero ese es el tipo de vida que Jesús desea contagiarnos.

Parte del proceso de madurar como fervientes discípulos de Jesús, tiene que ver con preocuparnos cada vez menos por lo que la gente piensa de nosotros y cada vez más por lo que Dios piensa de nosotros.

Se necesita ser valiente para vivir una vida de obediencia. Obediencia es hacer lo que Dios nos llama a hacer, cuando sea, como sea y donde sea.

Hebreos 11:6 dice lo siguiente: «En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios». La vida de fe demanda riesgos; no hemos sido llamados a vivir vidas seguras, sin incertidumbres.

Un amigo mío, decidió dejar de lado la comodidad y seguridad de su trabajo como empleado y se arriesgó a abrir su propio negocio. Le dije, «nadie te podrá decir lo que pudiera haber sucedido si te hubieses animado a lanzarte en fe a desarrollar tu proyecto propio. Porque lo has intentado y te has arriesgado, experimentarás la sensación increíble de no tener que responder dentro de unos años a la pregunta: ¿Qué hubiera sucedido si me animaba a emprender mi propio negocio?».

No queremos encontrarnos al final de nuestra vida con muchos «si hubiera».

En la parábola de los talentos en Mateo 25:14-30 vemos que a cada siervo se le da una cantidad de dinero para administrar de acuerdo a la capacidad de ellos. Dos de estos hombres multiplican lo que se les había confiado y su señor los felicita y les palmea la espalda diciéndoles: «buenos y fieles siervos», pero el tercero le cuenta a su señor que solo había enterrado lo que se le había dado por temor a perderlo. Básicamente los 2 primeros vieron el río del riesgo y la aventura enfrente de ellos. Ambos tenían capacidades diferentes, pero el mismo deseo de no quedarse como estaban, así que se lanzaron a nadar en ese río. El tercero tuvo temor y se quedó mirando desde la orilla.

No queremos ser de aquellos que miran desde la tribuna cómo otros juegan el partido de sus vidas siguiendo a Jesús. Deseamos estar en la cancha jugando, transpirando y compitiendo por esa palmada que algún día, también nosotros recibiremos en nuestra espalda si usamos bien nuestros días, si aprovechamos al máximo las oportunidades, si aportamos nuestra singularidad y si servimos con fervor a quien nos llamó y nos amó incondicionalmente.

Pensamos que Pedro, el discípulo de Jesús, no tuvo la fe suficiente para mantenerse de pie caminando sobre el agua, yendo hacia donde Jesús lo estaba invitando. Sin embargo, hacemos este análisis sentados en la barca. La historia la escriben los valientes, aquellos que no le tienen temor al ridículo; aquellos que se animan a hacer lo que otros no; aquellos que se animan a salir de la barca cuando otros deciden quedarse atemorizados en algún rincón de la misma.

«Un barco está a salvo en el puerto, pero no fue creado para eso». (William G.T. Shedd)