El Doctor Julián Melgosa de la Open University de Londres afirma:

“Se dice, y con razón, que el joven cierra el oído al consejo y abre los ojos al ejemplo. Cuando lo que se sostiene de palabra no es confirmado con los hechos, es lógico que no sólo se ponga en duda la fidelidad a los principios de los mayores, sino que se cuestione incluso la validez de estos principios”.

En el primer libro a los Tesalonicenses 2:8 leemos lo siguiente: “así nosotros, por el cariño que les tenemos, nos deleitamos en compartir con ustedes no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida. ¡Tanto llegamos a quererlos!”.
Me encanta este pasaje, porque Pablo, siendo quien es, les recuerda que si bien esta cumpliendo con su ministerio y llamado entre ellos, se deleita no solo en esto, sino en compartir su vida con ellos, les expresa lo valiosos que son para el y cuanto el ha llegado a quererlos.
Las relaciones genuinas, profundas e intencionales se han vuelto una necesidad imperiosa y un bien escaso en nuestros días. Los adultos de hoy tenemos una gran responsabilidad ya que los jóvenes necesitan compromiso, dedicación, relaciones paternales y un mentoreo intencional que sea el reflejo del amor y el interés genuino de Dios por ellos.

Más que simples regalos, los mas chicos desean y necesitan recibir de sus padres, tiempo y una relación que les ofrezca crecer en seguridad. De la misma manera, nosotros, como lideres espirituales, debemos ofrecerles más que actividades y la participación en nuestros proyectos y metodologías. Ellos necesitan a personas reales que les manifiesten un interés real.

Vernos sin segundas intenciones

Los chicos perciben cuando estamos más comprometidos con hacerlos participar de nuestras actividades y programas, que con ellos como individuos. En muchos jóvenes esta es una razón para su aparente letargo espiritual y falta de crecimiento. Simplemente, ellos no confían en los adultos que dirigen los programas. Más allá de que les agrademos, la mayoría se retrae hasta cierto punto porque nos ven como adultos con agendas interesadas. Están convencidos de que pocos adultos realmente se preocupan por lo que sienten o necesitan. Y creen que nuestro interés en ellos no es por ellos, sino por nosotros.

Que seamos ejemplo

La herramienta más poderosa que tenemos para influenciar a los más jóvenes es nuestro ejemplo. Cuando los adultos adoptamos comportamientos, vestuario y características adolescentes, los dejamos a ellos sin referentes a quienes imitar.
Cuando modelamos vidas vulnerables, vidas cristianas prácticas y consistentes entre lo que decimos y hacemos, esto despierta en ellos el deseo de imitarnos y, por lo tanto, nos hace ganar acceso a sus corazones para poder hablarles. Ese derecho a hablarles e instruirles no es algo que se impone, es algo que debemos ganarnos. El proceso para llegar a obtenerlo es algo costoso y está bien que así lo sea. Si realmente queremos ser líderes en esta generación, esa posición de autoridad debe ser ganada a través de nuestro servicio desinteresado hacia ellos y nuestras vidas que avalen nuestras convicciones y creencias.

Los jóvenes son muy sensibles a nuestras acciones, actitudes, valores y creencias. Por lo tanto, una inconsistencia nuestra entre lo que hacemos y lo que demandamos en ellos, nos hace perder credibilidad, y como consecuencia, el derecho a instruirles. Esta generación tiene un radar espiritual altamente sensible para detectar fácil y rápidamente la hipocresía. Y nada erosiona más la fe y la confianza en Dios de los jóvenes, que cuando nos ven a los adultos con una doble vida.

Que su presente no nos desanime

Johann Wolfgang von Goethe dijo: “Trata a un hombre como parece ser y le harás peor. Trátale como podría llegar a ser, y le harás aquello que debería ser”.

Una de las grandes luchas a las que nos enfrentamos cuando trabajamos con jóvenes es el desánimo y la decepción. Muchas veces sentiremos que nuestros mejores esfuerzos no alcanzan, que no somos lo suficientemente buenos para hacer la tarea, que nadie se da cuenta de nuestra labor y que en ocasiones las expectativas que teníamos con algún joven en quien invertimos nuestra vida, no se cumplen. Sin embargo, no debemos permitir que la decepción nos gane. Alguien nos respetará hasta el punto de querer imitarnos. Alguien deseará ser equipado y capacitado por nosotros. Veremos el resultado de nuestra inversión.

Veamos que podemos aprender de algunos de los personajes de la Biblia

David: Su presente huele a ovejas; su futuro huele a Rey.
José: Su presente huele a esclavitud; en su futuro está el destino de libertad de una nación.
Gedeón: Su presente huele a miedo, dudas y temor; su futuro huele a victoria.
Pablo: Su presente huele a sangre inocente; en su futuro hay olor a gracia.
Abraham: Su presente huele a desesperanza; en su futuro hay una nación incontable.

A lo largo de toda la Biblia encontramos historias de hombres comunes que hicieron cosas extraordinarias. En la mayoría de los casos vivieron un presente de frustración, temor y desesperanza, pero cada uno de  ellos logró sobreponerse, creyéndole a Dios, y hoy recordamos sus vidas por lo que lograron. Tomemos el riesgo de no conformarnos con el presente, lo cual sería muy fácil de hacer, sino más bien utilicemos la fe para hablar de ellos de acuerdo a lo que llegarán a ser y en quienes se convertirán. Somos un factor muy importante en esto. ¿Te imaginas lo que sucede en sus corazones cuando se dan cuenta que nosotros creemos de ellos lo que ellos ni siquiera creen de sí mismos?

Que creamos en ellos

Mark Twain dijo: “Mantente a distancia de la gente que trata de empequeñecer tus ambiciones. La gente pequeña siempre hace eso, en cambio los grandes te hacen sentir que tú también puedes ser grande.”

Seguramente todos nosotros recordamos algún momento en que alguien nos animó con una palabra y creyó en nosotros delegándonos alguna responsabilidad cuando nosotros pensábamos que no estábamos listos para cumplirla.

Estamos frente a una generación que pide a gritos ser amada, influenciada, potenciada e impulsada hacia su destino. Constantemente oímos las referencias que los adultos hacen acerca de los adolescentes y jóvenes de nuestro tiempo. He oído en innumerables oportunidades frases como: “esta generación está perdida”, “no se quieren comprometer”, “no están dispuestos a aceptar responsabilidades” o “son haraganes y ni siquiera saben lo que quieren en esta vida”.
Tengamos presente que muchos de ellos provienen de hogares disfuncionales y no tienen a sus padres presentes para afirmar sus sentimientos con palabras de apreciación a diario. Solo en Estados Unidos el 62% de los jóvenes están creciendo sin la presencia de sus padres biológicos.
 Crecen sin recibir palabras amorosas que fortalezcan su autoestima y la confianza en sí mismos.

Por eso cada vez que tengamos la oportunidad de estar frente a ellos, vamos a decirles: “nosotros creemos en ustedes, tenemos expectativas buenas, no veo la hora de ver lo que Dios hará a través de tu vida”.

Vamos a recordarles lo mas importante, que Dios mismo cree en ellos y él tiene expectativas de bien en sus vidas, mucho más altas de las que yo podría imaginar. Dios cree en esta generación y, nosotros como líderes, tenemos la gran responsabilidad de opinar lo mismo que él.

¿De qué formas puedes demostrarles que crees en ellos?

  1. Invierte tiempo en ellos.
  2. Sé paciente con ellos cuando veas que el desarrollo o proceso es lento.
  3. Delégales responsabilidades y autoridad.
  4. Exprésales con palabras lo importante que son para ti.
  5. Anímalos a tomar riesgos. Nadie planea ni desea fallar, sin embargo los fracasos son parte del proceso. Si les enseñamos a no arriesgarse por temor a que fallen, les costará desarrollar plenamente su potencial.
  6. Genera un espacio de confianza en donde sientan que no necesitan ser perfectos para que los aceptes.
  7. Ofréceles oportunidades de crecimiento y desarrollo.
  8. Impúlsalos a perseguir su llamado.
  9. Dales oportunidades, aunque te fallen
  10.  Aplica gracia y misericordia en el trato con ellos.

Tenemos tarea que hacer, vamos a invertirnos en la nueva generación!